vaciando manzanas: de fachadas y otros valores

Si quieres vivir largamente, vive viejo. Erik Satie

 Ahora que acaba de aprobarse el Plan General de Ordenación Urbana de Málaga, no sin esfuerzo, lo que emplaza seriamente a que el Especial de Protección del Centro Histórico sea revisado para que responda eficazmente a las necesidades de un entorno que dista mucho de aquél para el que se redactó; ahora que parece incrementarse pausadamente el número de vecinos de este área de la ciudad y que se canaliza la rehabilitación como eje potencial de desarrollo para la salida de la actual crisis en el sector (a pesar de que en un artículo periodístico se anunciase que “Las constructoras rehabilitan y reforman para mantenerse”. La Opinión de Málaga 22 de septiembre, como si rehabilitar y reformar no fuese construir); ahora, es el momento para replantearse qué ciudad es la que se quiere.

SOStenibilidad, Accesibilidad, Urbanidad, etc. son términos que por trillados o recurrentes no pueden obviarse. Ciertas arquitecturas requieren de un sobreesfuerzo que les haga ser merecedoras de un reconocimiento que a duras penas les llega: desde la arquitectura doméstica del XIX a la desarrollista de mediados del XX que si bien no reúne en su mayoría sus mejores ejemplos, sí que ofrece en ocasiones construcciones muy destacables.

La ciudad contempla la recuperación de algunos de sus hitos urbanos asumiendo sin traumas actuaciones irreparables a causa del desapego general del ciudadano medio por el patrimonio que le rodea. Si la consideración en base a grados de protección arquitectónica ha servido para que se respetaran con mejor o peor acierto algunas edificaciones, es bien cierto que especialmente la calificación de Protección Ambiental ha servido para muy poco. “Protección Ambiental” es en sí misma una definición excesivamente genérica.

La ciudad asiste a la transformación de unos grandes almacenes en viviendas de lujo y bajos comerciales, al vaciado de manzanas enormes para la construcción de aparcamientos y viviendas, a la remodelación según dudosos criterios de estructuras urbanas de innegable belleza. Pero olvida esos pequeños elementos que, careciendo individualmente de una singularidad destacable, sí que aportan al conjunto un interés que genéricamente podría ser entendido desde esa calificación ambiental. Edificaciones que al ser demolidas y reconstruidas posteriormente no consiguen aportarle a su entorno la calidad ambiental que poseía, quedando herida gravemente esa armonía.

Paseábamos hace unos días por Alcalá de los Gazules, en Cádiz. Como en otros pueblos similares, existen en él una serie de elementos urbanos reseñables  por sus especiales cualidades: pasajes, patios, adarves, compases, casas solariegas, etc. que sin destacar especialmente, acusan a ojos del forastero una atracción innegable.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vimos entreabierta la puerta de una casa que siempre nos había llamado la atención. Estaban de obras, por lo que aprovechamos la ocasión para solicitar permiso para visitarla.

La estructura de la casa es la habitual en este tipo de construcciones de la mitad sur peninsular: Casa-puerta y patio abierto sin montera con galería abierta de madera con tornapuntas de sencilla factura. Todas las estancias abren hacia ese patio y además se interconectan entre sí.

La vivienda carece de ornamentos que la hagan especialmente destacable, no hay en ella materiales ni elementos decorativos que distraigan la atención de ese modo especial en que la luz, tamizada a través de la vegetación del refrescante patio, abastecido de agua mediante un pozo, penetra en las estancias y recibe al visitante. No hay un especial detenimiento en el tratamiento ni en la elección de especies vegetales que la decoran. No hay una atención significativa hacia detalles innecesarios.

Y eso es lo que precisamente la hace diferente. Es la sabiduría secular la que la ha hecho así. Ese conocimiento adquirido siglo tras siglo de que las cosas se hacen de este modo porque así han funcionado bien, y no existe necesidad alguna de cambiarlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El compromiso de administraciones, profesionales y ciudadanos debería centrarse en mantener elementos que, como estos, carecen de singularidad por ser muy comunes. Sin embargo, los instrumentos que hemos dispuesto para mantenerlos parecen a todas luces insuficientes, a sabiendas de que ese exceso inicial ha mutado en que cada vez sean más escasos los ejemplos.

Quizás es el momento para pararnos a pensar qué se debe hacer para protegerlos, para que una necesaria revitalización y rehabilitación no acabe por desvirtuarlos hasta hacerlos irreconocibles. Así a lo mejor no tendríamos que pensar en como deshacer los errores del pasado. Un pasado que está escesivamente presente.

Y seguiríamos disfrutando de entornos agradables y, sobre todo reconocibles por todos.