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Málaga, 4º día (1ª parte)

Conviene de vez en cuando dejar de lado la crítica insustancial oyendo lo que los demás comentan de nuestra ciudad y valorar constructivamente lo que nos es excesivamente familiar.

Ahora que se acercan días festivos no está de más hacer un paseo por la ciudad con ojos de viajero. Si Málaga es una ciudad que, según explican los folletos turísticos, se visita en 2 ó 3 jornadas, ¿a dónde te llevaríamos en arquitectura endosdedos si decidieses quedarte un cuarto día más?

Está es una primera relación –ojo, muy subjetiva- de lugares para disfrutar nuestra ciudad desde una óptica diferente:

1. MÁS ALLÁ DE SAN AGUSTÍN. LA CALLE CABELLO

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La calle San Agustín, antigua calle de los Caballeros, es una de las vías más frecuentadas del Centro Histórico, más aún si cabe desde que se inauguró el Museo Piccaso y se convirtió en un hito de primer orden para las visitas turísticas a la capital. Su arquitectura monumental y doméstica, la tipicidad de su empedrado artístico o la fragmentación de su parcelario mediante los jardines y compases aledaños, le confieren un encanto especial que no pasa desapercibido.

No obstante, extramuros del circuito turístico , existe una vía peatonal que no desmerece de la anterior. Tomando la calle Cabello desde la de Ollerías, la sensación de recogimiento se amplifica con las perspectiva de la bella iglesia de San Felipe Neri al fondo. A medida que nos alejamos del ruidoso foco de Ollerías, transformada en los últimos años en una vía tangencial y de paso entre dos barrios históricos, la quietud se adueña del transeúnte, evidenciada en la presencia de viviendas de escasa altura. Algunas de ellas, con recogidos patios, engalanadas de flores, se asoman al exterior reafirmando su imagen de calle domesticada.

Ubicada en el antiguo barrio de los Alfareros –Arrabal de Fontanalla- la calle Cabello debe su nombre a D. Juan Bautista Cabello Ruiz de la Escalera, Regidor de Málaga, capitán conocido por su valor y temeridad (reseña histórica, Ayto. de Málaga).

2. LA CIUDAD DE ULTRAMAR. EL Nº31 DE LA C/OLLERÍAS

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No es casualidad que este antiguo palacio dieciochesco presente su amplio zaguán hacia la calle Cabello, descrita en el punto anterior. Atravesando Ollerías y penetrando en su interior, se accede a un amplio patio porticado de corte clásico con una doble escalera. La nobleza original ha sido transformada en casa de vecinos e Iglesia Evangélica.

Al fondo, traspasando una puerta, una sucesión de pasajes cubiertos culminan en un amplio patio trasero, antiguas caballerizas de la casa señorial, transformadas hoy día en viviendas de acogida.

Observando esa puerta trasera, con sus vidrieras de colores, con la luz tamizada por el amplio patio refrescado por las macetas que se reparten por doquier, bien podría pensarse que se está en una ciudad de ultramar.

 3. DE PALACIO A CENTRO EDUCATIVO. EL IES VICENTE ESPINEL

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El antiguo Palacio de los Condes de Buenavista, actual instituto Vicente Espinel (o Gaona), acoge en su interior uno de los patios más bellos de la ciudad, plagado de pinturas murales que dan fe de la importancia que este tipo de recurso decorativo tuvo en los siglos XVII, XVIII y XIX. Al margen de los usuarios del centro educativo y de los curiosos que lo visitan atraídos por la historia que encierra entre sus muros, el enorme complejo palaciego, que engloba la antigua capilla, actual Iglesia de San Felipe Neri y otros edificios anexos, encierra una peculiaridad: su acceso original, visible desde el jardín trasero -hoy mutilado por una ampliación reciente- que oculta una airosa escalinata flanqueda por dos loggias que atestiguan el pasado nobiliario del vetusto edificio.

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 4. OTRA PANORÁMICA DE LA CIUDAD. EL EJIDO

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La plaza del Ejido, situada en una colina dominante rodeada por los Barrios de Lagunillas, La Merced, San Felipe Neri, Capuchinos y la Victoria fue hasta hace pocas décadas una zona extramuros de la ciudad. En la actualidad, el campus universitario que en él se implantó se consolida como recinto cultural mientras paulatinamente las facultades se desplazan hacia otro nuevo situado a las afueras -el de Teatinos-.

El primer tramo de la calle Ejido, en el cruce con las de Diego de Siloé y Padre Mondéjar, cuenta con una hilera de enormes ficus que sombrean y filtran la luz de una manera especial. Desde el parapeto de la plaza, se observa una vista distinta de la colina de Gibralfaro y la Alcazaba, ahora oculta por los desafortunados edificios de viviendas que la circundan. Sin embargo, abstrayéndonos un poco, no nos será difícil imaginar las amplias vistas que se apreciarían en su momento de la ciudad, con el antiguo caserío a sus pies pespunteado por las torres de las iglesias, a un lado la catedral y más al fondo, el puerto.

 5. VERANO EN LAS AFUERAS. LA CALLE FERRÁNDIZ

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Cuando en el pasado siglo, el estío pentraba en la ciudad, las familias más pudientes se marchaban de ella hacia sus villas de veraneo. Importando el modelo de otras ciudades nacionales y europeas, basado en un urbanismo más extensivo y verde, con zonas abiertas y amplias cercanas al beneficioso efecto del mar se propició que, en pocos años, el Limonar se constituyese en uno de los barrios más selectos de la ciudad.

La calle Ferrándiz mantiene esa condición de vía suburbial, de carretera de salida desde la que se abandona la ciudad histórica, interior, en búsqueda del mar. Aunque en la actualidad se encuentra urbanizada en gran parte por el crecimiento de la ciudad, aún mantiene intacta su condición de travesía bordeando el bosque de Gibralfaro y sombreada de los enormes eucaliptos que la enseñorean.

 6. HACIA EL MONTE VICTORIA. LA CALLE CONDE DE UREÑA

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La pequeña escala de los ‘hotelitos’ que se reparten por estas calle y sus aledañas nos da idea de una forma de pensar la ciudad más reposada y ajena al, en ocasiones, estresante ritmo urbano. Pasear entre las preciosas villas que flanquean sus calles nos acerca a la ciudad más hedonista, capaz de recrearse ausente en su belleza.

7. VERDE, LUZ, AGUA. LA CALLE DE SAN LÁZARO

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Las calles traseras siempre suelen asociarse con lugares desapacibles y marginales, ajenos a la actividad de sus vías principales. Sin embargo, en ocasiones, dan acceso a otros mundos ocultos que la actividad diaria no nos permite apreciar. La pequeña calle de San Lázaro, que enlaza con la de Pinosol y del Agua en el barrio de la Victoria, es una vía de borde, ajena, sin intención urbanística alguna, pero que celadamente se abre al vecino bosque de Gibralfaro y se descubre hacia una visión panorámica muy atractiva de la ciudad.