al cielo con ella. la obligación del mantenimiento

Finaliza la semana y tengo la sensación de que he regresado al punto desde el que partí hace cinco días.

la Palmera

Salí del estudio el lunes por la mañana y me encaminé calle abajo para resolver un asunto. Es inercia seguramente, pero tiendo a bajar la calle siempre que salgo a pesar de que en esta ocasión mi destino se oponía. El deber de girarme redirigió mi atención hacia la plaza: al levantar la cabeza recordé que ya no estaba allí. Ahora que  todo amanece en obras en esta zona de la ciudad me detuve a continuación en la tarima de madera que se ha colocado para proteger el pavimento reciente.

No es que me llame particularmente la atención este objeto, sino el cuidado con el que fue puesto. Tanto que me imaginé que esa tarima podría ser el pavimento definitivo y que el alcorque circular ahora vacío, bien podría pasar por alberca.

Y volviendo al punto de partida, la piscina vacía me recordó de nuevo a la Palmera. Y es que aquélla era el escaso ejemplar verde que, junto a los árboles de la plaza de San Pedro, nos quedaba más cercano a la oficina. La perspectiva de la calle rematada por esa brocha de caña y palma resultaba muy atractiva.

La escasez de pequeños espacios verdes en la ciudad es cada vez más acusada, sobre todo en regiones como la nuestra en que la vegetación requiere de una atención y cuidado especiales. Esta Palmera tenía la cualidad de ser en sí misma todo un jardín.

agradecimiento al blog http://floramalaga.blogspot.com/

 

¿Qué ocurre entonces? ¿Por qué se ha perdido ese aprecio por la placita, por los pequeños parques?

No deja de ser un síntoma evidente la falta tan patente de árboles que hay. Si bien se compensa su inexistencia en  las avenidas de nueva construcción que se extienden en la periferia de la ciudad con una profusión, a veces exagerada, de especies arbóreas, bien demostrado está que tiende a ser insuficiente en los barrios. Para un ciudadano cuya vida transcurre en el coche, para desplazarse al trabajo, al colegio de los niños o inclusive al supermercado, hacerlo en este medio motorizado para acudir a un lugar de ocio verde no deja de ser un síntoma de que algo falla en nuestro sistema urbano. Bien está que existan grandes superficies vegetales que compensen la acumulación de monóxido de nuestro ambiente irrespirable pero no debe obviarse que todo ciudadano debería tener derecho a no recorrer más de unos cientos de metros sobre sus pies para alcanzar una zona verde de la que disfrutar. Y ojo, un espacio verde en regla, un trocito de naturaleza en  la ciudad. No una medianera, un rincón perdido o una rotonda inaccesible; no, un parque.

Porque el caso de la Palmera es especialmente sangrante. Siendo un ejemplar canario de cierto porte, su ubicación fue muy tenida en cuenta para la reforma, ya que el alcorque circular anteriormente citado fue practicado para dotarla de un espacio adecuado a sus dimensiones.

Sin embargo la Palmera murió. Supuestamente porque el picudo rojo (o sus crías) se la fue almorzando lentamente hasta que  la dejó totalmente mustia.

El problema no es que la Palmera fuese sustituida por otro ejemplar similar, aunque menos representativo, y se dejase acompañar de otras especies incorporadas tras la reforma. El problema es que a escasos meses de su plantación, otra palmera (ésta en minúscula) luce desproporcionada en ese enorme alcorque rodeada de clivias sobre las que parece caer todo el peso de la ciudad y sus inmundicias. En otro lado sus alcorques están llenos de suciedad y malas hierbas, por lo que esa imagen de impecabilidad, que a día de la inauguración exhibía un cuidado indiscutible, hoy empieza a ser más que discutido.

Me afecta haber perdido lo que durante tantos años fue fortaleciéndose hasta convertirse en un más que respetable ejemplar. Sin embargo, lo que más me duele es esa despreocupación por la vegetación en una ciudad que puede enorgullecerse de poner nombres propios a sus especies más representativas, tal y como hablamos en un post anterior. Y por sus plazas.

La solución no empieza por dejar de plantar especies vegetales para utilizar ejemplares de plástico muy bien conseguidos (algo que suena a broma pero que ya puede verse en las medianeras siempre verdes de césped artificial o en los almendros luminosos de Navidad) sino en pensar detenidamente en cómo implicar a todos los colectivos: administraciones, técnicos, ciudadanos, para conseguir espacios de relación que a los dos días de inaugurarse no muestren síntomas de envejecimiento prematuro. El ciudadano debe apropiarse de sus plazas como algo que le pertenece y que debe proteger.

El plan debe trascender más allá de la inauguración oficial de la obra previendo una vida útil que cada vez se prevé más larga. Con la actual época de crisis y según metodologías de sostenibilidad, la ciudad debe prepararse para asumir con solvencia el paso del tiempo. Valor que en  la vegetación es más que  positivo y directamente proporcional a la calidad y a su belleza.

Algo falla cuando en vez de plazas contamos con solares y a falta de árboles, espacios secos y abandonados.

El caso es que empezaba con pensamientos circulares. Si el lunes por la mañana pensaba en la Palmera y en su declive como muestra de que es necesario diseñar desde el mantenimiento óptimo de las cosas, este pensamiento me ha llevado a creer en que para la vivienda que estamos reformando no estaría de más aplicar esta idea.

Más allá de modas, pensar la vivienda desde la óptica del espacio de uso intensivo del que cada vez podemos ocuparnos menos podría ser una buena manera de optimizar su mantenimiento. La novedad pertenece al pasado desde el mismo momento en que pensamos en ella.

Y no es una obviedad. A la vista queda.

muelle de Santoña (Cantabria)